Arquitectura de un corazón hecho trencadís

By 20 agosto, 2016Antoni Gaudí

De la vida personal de Gaudí se sabe bien poco. Este hecho se podría deber a que la grandiosidad de su obra hizo sombra a otros aspectos de su vida (hipótesis efectivamente plausible) o que estuviéramos hablando de una persona reservada, discreta, que mantuviera sus asuntos para sí mismo. Tampoco sería una locura asumir que esencialmente, Gaudí fue un hombre de casto y con escaso interés por los asuntos del corazón.

Sea como sea, Gaudí no tuvo hijos nunca y tampoco se casó nunca. De hecho, no encontramos más que un nombre propio dentro de la literatura de la vida sentimental del arquitecto: Pepeta Moreu. El año 1885 Gaudí trabajaba en la construcción de la Cooperativa Obrera Maratonense. Poco a poco, y hasta llegar al punto de llegar a formar parte prácticamente, Gaudí frecuentó a la familia de los Moreu, originarios de Mataró, con los que compartió comidas y tardes de domingo junto al piano.

Durante esa época, Gaudí era el arquitecto de moda: frecuentaba el Liceo, se hacía acompañar por las familias de poder y recibía cargos de peso. Cuatro años después de avenirse con los Moreu, Gaudí le pidió matrimonio a la mayor de las hijas de la familia maratonina. Pepeta: una mujer firme e imponente, incluso, mental y físicamente atractiva. Avanzada a su tiempo, justo acababa de conseguir algo inusual en la época: la anulación de un matrimonio que contrajo a los 17 años, el abandono del que le había llevado a una situación vital, a lo que se sumaba la muerte de su hijo. Salió de todo esto gracias a su carácter y la ayuda de los suyos.

Desgraciadamente, esta fue la primera y última propuesta de matrimonio que hizo Gaudí. Moreu, ya prometida con el empresario Josep Caballol (aunque más tarde volvería a casarse), rechazó al arquitecto. Este rechazo marcó a Gaudí profundamente: cortó de inmediato la relación con la familia y se sumió incansablemente en sus tareas espirituales y profesionales. Dicen que este fue el hecho clave que le hizo dedicarse a su fe más que nunca y a dedicar toda su alma al templo de la Sagrada Familia, probablemente su gran obra maestra.

Lo cierto que Gaudí fue, si la palabra genio os suena demasiado fuerte, sin duda si un creador ferviente. Entonces hay que esperar, de alguien con este idiosincrasia, que no acabe de diferir entre corazón y trabajo o entre asuntos de amor y amor por sus asuntos. De alguien tan entregado a sus estudios, infinitos experimentos y tareas de diseño que de sus obras se hagan verdaderas declaraciones de estima al mundo entero.